I.
Y caminaba, semejante a la noche
Ilíada, Canto I
El mar empezaba a verdecer entre los promontorios todavía
en sombras, cuando la caracola del vigía anunció las cincuenta
naves negras que nos enviaba el rey Agamemnón. Al oír
la señal, los que esperaban desde hacía tantos días
sobre las boñigas de las eras, empezaron a bajar el trigo hacia
la playa donde ya preparábamos los rodillos que servirían
para subir las embarcaciones hasta las murallas de la fortaleza. Cuando
las quillas tocaron la arena, hubo algunas riñas con los timoneles,
pues tanto se había dicho a los micenianos que carecíamos
de toda inteligencia para las faenas marítimas, que trataron
de alejarnos con sus pértigas. Además, la playa se había
llenado de niños que se metían entre las piernas de los
soldados, entorpecían las maniobras, y se trepaban a las bordas
para robar nueces de bajo los banquillos de los remeros. Las olas claras
del alba se rompían entre gritos, insultos y agarradas a puñetazos,
sin que los notables pudieran pronunciar sus palabras de bienvenida,
en medio de la barahúnda. Como yo había esperado algo
más solemne, más festivo, de nuestro encuentro con los
que venían a buscarnos para la guerra, me retiré, algo
decepcionado, hacia la higuera en cuya rama gruesa gustaba de montarme,
apretando un poco las rodillas sobre la madera, porque tenía
un no sé qué de flancos de mujer.
(Semejante a la noche)
II.
[…], en medio de las hamacas, apenas hamacas
—cunas de lianas, más bien—, donde yacen y fornican
y procesan, hay una forma de barro endurecida al sol: una especie de
jarra sin asas, con dos hoyos abiertos lado a lado, en el borde superior,
y un ombligo dibujado en la parte convexa con la presión de un
dedo apoyado en la materia, cuando aun estuviese blanda. Este es Dios.
Más que Dios: es la Madre de Dios. Es la madre primordial de
todas las religiones. El principio hembra, genésico, matriz,
situado en el secreto prólogo de todas las teogonías.
La Madre, de vientre abultado, vientre que es a la vez ubres, vaso y
sexo, primera figura que modelaron los hombres, cuando de las manos
naciera la posibilidad del Objeto. Tenía ante mí a la
Madre de los Dioses Niños, de los tótems dados a los hombres
para que fueran cobrando el hábito de tratar a la divinidad,
preparándose para el uso de los Dioses Mayores. La Madre, «solitaria,
fuera del espacio y más aún del tiempo», de quien
Fausto pronunciara el sólo enunciado de Madre, por dos veces,
con terror. Viendo ahora que las ancianas de pubis arrugado, los trepadores
de árboles y las hembras empreñadas me miran, esbozo un
torpe gesto de reverencia hacia la vasija sagrada. Estoy en morada de
hombres y debo respetar a sus Dioses… Pero he aquí que
todos echan a correr. Detrás de mí, bajo un amasijo de
hojas colgadas de ramas que sirven de techo, acaban de tender el cuerpo
hinchado y negro de un cazador mordido por un crótalo. Fray Pedro
dice que ha muerto hace varias horas. Sin embargo, el Hechicero comienza
a sacudir una calabaza llena de gravilla —único instrumento
que conoce esta gente— para tratar de ahuyentar a los mandatarios
de la Muerte.
(Los pasos perdidos)
III.
Comparezco ante el Señor manifiesto en un canto, como pudo estarlo
en la zarza ardiente; como lo vislumbré, alumbrado, deslumbrado,
en aquella brasa que la vieja elevaba a su cara. Sé ahora que
nunca ofensor alguno pudo ser más observado, mejor puesto en
el fiel de la Divina Mira, que quien cayó en el encierro, en
la suprema trampa —traído por la inexorable Voluntad a
donde un lenguaje sin palabras acaba de revelarle el sentido expiatorio
de los últimos tiempos: Repartidos están los papeles en
este Teatro, y el desenlace está ya establecido en el después
—hoc erat in votis!—, como está la ceniza en la leña
por prender… No mirar ese cuello; no mirarlo; fijar la vista en
un punto del piso; en una mancha de la alfombra; en el pandero que adorna,
arriba, el marco del escenario; Dios Padre, Creador de los Cielos, ten
misericordia de mí; no te he invocado en vano; sabes como yo
te pensaba en mis clamores; aún confío en tu Misericordia,
aún confío en tu infinita Misericordia; he estado demasiado
lejos de ti, pero sé que a menudo ha bastado un segundo de arrepentimiento
—el segundo de nombrarte— para merecer un gesto de tu mano,
aplacamiento de tormentas, confusión de jaurías…
Ha concluido la marcha fúnebre, repentinamente, como quien, luego
de recibir un ruego, una imploración, responde con un simple
«Sí», que hace inútiles otras palabras. Y
esto fue cuando decía que confiaba en su Misericordia. Silencio.
Tiempo de aplacamiento, de reposo. Silencio que el director alarga,
con la cabeza gacha, caídos los brazos, para que algo perdure
de lo transcurrido. Ya no laten tanto mis venas, ni mi respiración
es dolor. Esta vez no se me ocurrió aplaudir… «A
ver cómo suena el…» (¿qué?) —dice
la mujer del zorro, sin mirar siquiera el programa. Una palabra que
no oí bien. Comprendo ahora por qué los de la fila no
miran sus programas; comprendo por qué no aplauden entre los
trozos; se tiene que tocar en su orden, como en la misa se coloca el
Evangelio antes del Credo, y el Credo antes del Orfertorio; ahora habrá
algo como una danza; luego, la música a saltos, alegre, con un
final de largas trompetas como las que embocaban a los ángeles
del órgano de la catedral de mi primera comunión; serán
quince, acaso veinte minutos; luego aplaudirán todos y se encenderán
las luces.
(El acoso)
IV.
Atrás quedaron las ochenta y siete lámparas del Altar
de la Confesión, cuyas llamas se habían estremecido más
de una vez, aquella mañana, entre sus cristalerías puestas
a vibrar de concierto con los triunfales acentos del Tedeum cantado
por las fornidas voces de la cantoría pontifical; levemente fueron
cerradas las monumentales puertas y, en la capilla del Santo Sacramento,
que parecía sumida en penumbras crepusculares para quienes salían
de las esplendorosas luces de la basílica, la silla gestatoria,
pasada de hombros a manos, quedó a tres palmos del suelo. Los
flabelli plantaron las astas de sus altos abanicos de plumas en el astillero,
y empezó el lento viaje de Su Santidad a través de las
innumerables estancias que aún la separaban de sus apartamentos
privados, al paso de los porteadores, vestidos de encarnado, que flexionaban
las rodillas cuando hubiese de pasarse bajo una puerta de bajo dintel.
A ambos lados del largo, larguísimo camino, seguido entre paredes
de salas y galerías, pasaban óleos oscuros, retablos ensombrecidos
por el tiempo, tanicerías apagadas en sus tintes, que mostraban
acaso, para quien los mirara con curiosidad de forasteros visitantes,
alegorías mitológicas, sonadas victorias de la fe, orantes
rostros de bienaventurados o episodios de ejemplares hagiografías,
algo fatigado, el Sumo Pontífice se adormeció levemente,
en tanto que se desprendían, por rango y categorías, los
dignatarios del séquito, invitados a no seguir adelante, mas
allá de éste a otro umbral, en observancia del estricto
protocolo de las ceremonias. Primero, de dos en dos, fueron desapareciendo
los cardenales, de cappa magna, con sus solícitos caudatorios;
luego, los obispos, aliviados de sus mitras resplandecientes; después
los canónigos, los capellanes, los protonotarios apostólicos,
los jefes de congregaciones, los prelados de la recámara secreta,
los oficiales de la casa militar, el Monseñor mayordomo y el
Monseñor camarlengo, hasta que, faltando poco ya para llegar
a las habitaciones cuyas ventanas daban al patio de San Dámaso,
las pompas del oro, el violado y el granate, el moaré, la seda
y el encaje, fueron sustituidos por los atuendos, menos vistosos, de
domésticos, ujieres y bussolanti. Al fin, la silla descansó
en el piso, junto a la modesta mesa de trabajo de Su Santidad y los
porteadores la levantaron de nuevo, aligerada de su augusta carga, retirándose
con recurrentes reverencias. Sentado ahora en una butaca que le daba
una sosegada sensación de estabilidad, el Papa pidió un
refresco de horchata a Sor Crescencia, encargada de sus colaciones y,
luego de despedirla con un cresto que también se dirigía
a sus camareros, oyó como se cerraba la puerta la última
puerta que lo separaba del rufilante y pululante mundo de los Príncipes
de la Iglesia, Prelados palatinos, dignidades y patriarcas, cuyos báculos
y capas pluviales se confundían, en humos de incienso y diligencia
de turiferrarios, con los uniformes de los Cameristas de capa y espada,
Guardias nobles y Guardias suizos, magníficos, estos últimos,
con sus corazas de plata, partesanas antiguas, morriones a lo condottiero,
y trajes listados en anaranjado y azul colores a ellos asignados, de
una vez y para siempre, por el pincel de Miguel Ángel tan ligado
en obras y recuerdo a la suntuosa existencia de la basílica.
(El arpa y la sombra)
V.
… Detrás de él, en acongojado diapasón,
volvía el Albacea a su recuento de responsos, crucero, ofrendas,
vestuario, blandones, bayetas y flores, obituario y réquiem -y
había venido éste de gran uniforme, y había llorado
aquél, y había dicho el otro que no éramos nada...-
sin que la idea de la muerte acabara de hacerse lúgubre a bordo
de aquella barca que cruzaba la bahía bajo un tórrido
sol de media tarde, cuya luz rebrillaba en todas las olas, encandilando
por la espuma y la burbuja, quemante en descubierto, quemante bajo el
toldo, metido en los ojos, en los poros, intolerable para las manos
que buscaban un descanso en las bordas. Envuelto en sus improvisados
lutos que olían a tintas de ayer, el adolescente miraba la ciudad,
extrañamente parecida, a esta hora de reverberaciones y sombras
largas, a un gigantesco lampadario barroco, cuyas cristalerías
verdes, rojas, anaranjadas, colorearan una confusa rocalla de balcones,
arcadas, cimborrios, belvederes y galerías de persianas -siempre
erizada de andamios, maderas aspadas, horcas y cucañas de albañilería,
desde que la fiebre de la construcción se había apoderado
de sus habitantes enriquecidos por la última guerra de Europa.
Era una población eternamente entregada al aire que la penetraba,
sedienta de brisas y terrales, abierta de postigos, de celosías,
de batientes, de regazos, al primer aliento fresco que pasara. Sonaban
entonces las arañas y girándulas, las lámparas
de flecos, las cortinas de abalorios, las veletas alborotosas, pregonando
el suceso. Quedaban en suspenso los abanicos de penca, de seda china,
de papel pintado. Pero al cabo del fugaz alivio, volvían las
gentes a su tarea de remover un aire inerte, nuevamente detenido entre
las altísimas paredes de los aposentos.
(Cap. V)
“Tú! –había exclamado Sofía al ver
aparecer aquel hombre ensanchado, acrecido, de manos duras y descuidadas,
ardido por el sol, que, como los marineros, cargaba sus muy escasas
pertenencias en unas alforjas de lona, colgadas del hombro-. ¡Tú!”
Y lo besaba a boca llena, en las mejillas mal rasuradas, en la frente,
en el cuello. “!Tú!”, decía Esteban, asombrado,
estupefacto ante la mujer que ahora abrazaba, tan mujer, tan firme y
hecha, tan distinta de la mozuela de caderas estrechas cuya imagen habñia
llevado en la mente –tan diferente de aquella que hubiese sido
demasiado madre-joven para ser una prima, demasiado niña para
ser mujer: la asexuada compañera de juegos, aliviadora de sus
crisis, que fuese la Sofía de antaño. Miraba en torno
suyo, redescubriéndolo todo, pero con la incontrariable sensación
de ser un extraño. El, que tanto había soñado con
el instante del regreso, no sentía la emoción esperada.
Todo lo conocido –lo harto conocido- le era como ajeno, sin que
su persona volviese a establecer un contacto con las cosas. Aquí
estaba el arpa de otros días, al pie de las tapicerías
de cacatúas, unicornios y galgos; ahí las grandes lunas
biseladas y el espejo de Venecia, con sus flores de neblina; allá,
la biblioteca, de tomos ahora muy arreglados. Seguido de Sofía,
pasó al comedor de los anchos armarios y bodegones embetunados,
con faisanes y liebres entre frutas. Fue hacia la habitación
contigua a las cocinas que había sido la suya desde la infancia.
“Espera que voy por la llave”, dijo Sofía. (Esteban
recordó que en estas viejas casas criollas era costumbre dejar
cerradas con llave, para siempre, las habitaciones de los muertos).
Cuando se abrió la puerta, el hombre se vio ante un polvoriento
intríngulis de títeres y artefactos de física,
enredados, revueltos en el suelo, en la sbutacas, en el camastro de
hierro que por tanto tiempo fuera su lecho de torturas. Aún colgaba
el descolorido globo Montgolfier de su cordel; aún mostraba el
escenario del teatrillo su decorado de puerto mediterráneo, bueno
para representar Las trapacerías de Scapin. Ahí estaban,
yacentes en torno a la orquesta de monos, las rotas botellas de Leyden,
barómetros y tubos comuniscantes, de otros días De súbito,
ese reencuentro con la infancia –o con una infantil adolescencia
que era lo mismo- quebró a Esteban en un sollozo. Lloró
largamente, con la cabeza caída en el regazo de Sofía,
como cuando, de niño, le confiaba sus congojas de enfermo malogrado
para la vida. Restablecíanse algunos vínculos olvidados.
(El siglo de las luces)