“Los mundos nuevos deben ser vividos antes de ser explicados”
TEXTO
Se colocaron los atriles, se instaló el sajón,
magistralmente, ante el teclado del órgano, probó el napolitano
las voces de un clavicémbalo, subió el maestro al podium,
agarró un violín, alzó el arco, y, con dos gestos
enérgicos, desencadenó el más tremendo concerto
grosso que pudieron haber escuchado los siglos –aunque los siglos
no recordaron nada, y es lástima porque aquello era tan digno
de oírse como de verse… Prendido el frenético allegro
de las setenta mujeres que se sabían sus partes de memoria, de
tanto haberlas ensayado, Antonio Vivaldi arremetió en la sinfonía
con fabuloso ímpetu, en juego concertante, mientras Doménico
Scarlatti –pues era el- se largó a hacer vertiginosas escalas
en el clavicémbalo, en tanto que Jorge Federico Haendel se entregaba
a deslumbrantes variaciones que atropellaban todas las normas del bajo
continuo. (…) Pero, entre tanto, Filomeno había corrido
a las cocinas, trayendo una batería de calderos de cobre, de
todos tamaños, a los que em`pezó a golpear con cucharas,
espumaderas, batidoras, rollos de amasar, tizones, palos de plumeros,
con tales ocurrencias de ritmos, de síncopas, de acentos encontrados,
que, por espacio de treinta y dos compases lo dejaron solo para que
improvisara. –“¡Magnífico! ¡Magnífico!”
–gritaba Jorge Federico. -–“¡Magnífico!
¡Magnífico!” –gritaba Doménico, dando
entusiasmados codazos al teclado del clavicémbalo. Compás
28. Compás 29. Compás 30. Compás 31. Compás
32 –“¡Ahora!” –aulló Antonio Vivaldi,
y todo el mundo arrancó sobre el Da capo, con tremebundo impulso,
sacando el alma a los violines, oboes, trombones, regales, organillos
de palo, violas de gamba, y a cuanto pudiese resonar en la nave, cuyas
cristalerías vibraban, en lo alto, como estremecidas por un escándalo
del cielo. Acorde final. Antonio soltó el arco. Doménico
tiró la tapa del teclado. Sacándose del bolsillo un pañuelo
de encaje harto liviano para tan ancha frente, el sajón se secó
el sudor. Las pupilas del Hospedale prorrumpieron en una enorme carcajada,
mientras Montezuma hacía correr las copas de una bebida que había
inventado, en gran trasiego de jarras y botellas, mezclando de todo
un poco… En tal tónica se estaba, cuando Filomeno reparó
en la presencia de un cuadro que vino a iluminar repentinamente un candelabro
cambiado de lugar. Había ahí una Eva tentada por la serpiente
(…) Filomeno se fue acercando lentamente a la imagen, como si
temiese que la serpiente pudiese saltar fuera del marco y, golpeando
en una bandeja de bronco sonido, mirando a los presentes como si oficiara
en una extraña ceremonia ritual, comenzóa a cantar:
-Mamita, mamita,
ven, ven, ven.
Que me come la culebra,
ven, ven, ven.
Mírale lo sojo
Que parecen candela.
-Míralr lo diente
que parecen filé.
-Mentira, mi negra,
ven, ven, ven.
Son juego é mi tierra,
Ven, ven, ven.
Y haciendo ademán de matar la sierpe del cuadro
con un enorme cuchillo de trinchar, gritó:
-La culebra se murió,
Ca.la-ba-soón,
So-son.
Ca-la-ba-són,
Son-son.
-Kábala-sum-sum-sum –coreó Antonio
Vivaldi, dando al estribillo, por hábito eclesiástico,
una inesperada inflexión de latín salmodiado.
Alejo Carpentier. Concierto barroco.
Edit. Arte y Literatura. La Habana. 1975